POV: Helena
El aire dentro de la Cripta de los Inocentes era frío y denso, cargado con el peso de veinte años de mentiras. No era la humedad de una cueva, sino el frío limpio y seco de un mausoleo. La obsidiana de la puerta se había cerrado detrás de nosotros con un sonido definitivo, atrapando al Tridente —la Ley, la Sangre y la Duda— en una cámara funeraria donde la verdad había esperado pacientemente.
La luz que entraba por una única abertura en el techo, un cincel de atardecer, iluminaba el centro: un trono de piedra donde se sentaba la mujer. Elegante, con el cabello plateado trenzado y ojos idénticos a los de Franco, pero con una crueldad mucho más antigua. A su lado, la urna de cristal. Dentro, el esqueleto.
—Bienvenidos a la Cripta de los Inocentes —repitió, y su voz no resonó; fue absorbida por la piedra, como si solo estuviera destinada a ser escuchada por las almas de los sacrificados.
Mi mente, mi Architetta interior, se rompió en un millón de planos de ingeniería al proce