POV: Franco
El reloj corría. Tres horas. No era una carrera, sino una ejecución táctica contra el tiempo. La sangre, la mía y la de Dante, que ahora sellaba la primera lámina del Pergamino, había iniciado una cuenta regresiva invisible. Si no llegábamos a la Cripta de los Inocentes antes de que esa sangre se secara por completo, el sistema de seguridad activaría un bloqueo permanente. La verdad, la profecía, la llave del linaje... todo se cerraría.
Nos movíamos como una unidad militar forzada: yo a la cabeza, marcando el ritmo implacable de un Dueño de la Ley, con el Cincel en la mano, a pesar de mi palma recién cortada; detrás, Dante, custodiado por dos Viudas Negras y por el constante filo de mi mirada; y a mi lado, Helena, la Duda que caminaba con la certeza de un arquitecto. Elisa iba en medio, guiando. Ella era la Verdad, pero también era la más vulnerable.
El ascenso a la ermita más alta de la cumbre era un castigo físico. El aire se hacía más fino y el sendero, apenas una cicat