POV: Helena
Mi corazón no solo latía; estallaba contra mis costillas, impulsado por la adrenalina y la sangre de Dante aún fresca en mis manos. Pero al ver la silueta emerger de la oscuridad del muelle, la adrenalina fue reemplazada por una niebla fría y paralizante.
La bufanda cayó.
—No es Dante. Ni mi suegro —murmuré para mí misma.
Era él. Gabriel.
El fantasma que creí ver morir en un tiroteo en una tundra helada, el hombre que mi tío Albert había jurado haber asesinado. El hombre que, en mi