CAPÍTULO XLI
Con el último renglón me percaté de que lloraba silenciosamente frente a todos, y el libro temblaba entre mis manos. Pero, por qué si solo era un poema?

Intenté reponerme, borrar las marcas de agua en mis mejillas, fingir que no me habían afectado las palabras de un sabio escritor, hacer de cuentas que me sentía mejor.

Levanté el mentón y John estaba ahí, frente a mí con el ceño fruncido, cruzado de brazos analizando mi ridículo comportamiento, sin intención de consolarme.

─Puede sentarse señor
La Petrova

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