Mía
Escucho un alboroto fuera, me asomo entre los barrotes fríos y oxidados del calabozo. Ni en el peor momento de mi vida, desaparece mi espíritu chismoso.
—¡Max! —exclamo, con una mezcla de sorpresa y alivio.
Max, con ropa de calle, se detiene en seco. Sus ojos se agrandan, reflejando la misma sorpresa que siento yo. Con movimientos rápidos y precisos, asegura a un hombre en la celda contigua antes de acercarse.
—¿Qué haces aquí?
—Richard me ha encerrado, yo no he hecho nada, te lo juro, tie