¡Santo cielos! Me acabo de dar cuenta de que estoy corriendo sin la camiseta, se ha quedado tirada en el suelo, pero no podemos detenernos a recogerla, a menos que queramos morir. El sudor se desliza por mi frente, debido al miedo y la carrera frenética.
—¡Ya falta poco! Vamos, Mía.
Observo de reojo cómo James presiona el botón del mando del coche. Al llegar, nos lanzamos al interior y cerramos las puertas de golpe. Pero antes de que podamos respirar aliviados, un estruendo retumba a nuestro al