Llegó a las diez en punto.
Lo vi entrar por el muro del fondo, el mismo punto sin cámara que había usado desde el principio, y algo en ese detalle me hizo un ruido interno que no fui capaz de ignorar: incluso ahora, incluso después de todo, seguía entrando por donde siempre. No había cambiado nada en su forma de moverse.
Me quedé sentada en el banco de piedra. Él se acercó y se quedó de pie a dos metros, sin intentar acortar la distancia, lo cual era otro detalle que yo noté y anoté.
—Gracias p