La noche no se sentía igual después de la cena. No porque algo hubiera salido mal, sino porque el barniz de "Luna perfecta" que Lía había proyectado se estaba resquebrajando por la presión de su propia verdad.
Lía lo sentía desde que salieron de la casa de la familia de Kael. El trayecto de regreso fue un desierto de palabras. Kael, con esa intuición animal que lo definía, no presionó. No hizo preguntas ni intentó llenar el vacío con conversaciones triviales. Se limitó a conducir (o caminar) ma