Kaím despertó y se halló solo, con las cenizas todavía humeantes de la fogata como única evidencia de lo ocurrido el día anterior. Ni el aroma de la pálida criatura se sentía. Tambaleándose, se puso de pie y llegó hasta la orilla de un arroyo, llamado por el sonido del agua.
Sus huesos astillados habían sanado casi en un parpadeo. Tan bien se sentía, cuando antes se moría, que llegó a dudar que tal ataque hubiera ocurrido.
Sin embargo, plasmada en su pecho, la cicatriz de la traición de Kort l