No había criatura bajo el cielo con un olfato más poderoso que el de los Liaks; ellos habían llevado tal sentido hasta su límite. Y la muerte tenía un aroma característico que todas las bestias conocían: una esencia de amargor profundo, el petricor de la carne.
Aquel aroma guio a Akal al lugar donde las columnas de humo se alzaban. Los emblemas balardianos sobre los pechos de los valientes yacían en el suelo; las bajas eran abundantes y los que seguían en pie parecían desorientados, derrotado