El ceño de Kort se frunció ante las elocuentes palabras de la anciana, en las que revelaba la naturaleza de ambos.
—¡¿Qué has visto en nosotros para descubrirlo?! —cuestionó él, con su voz violenta que rasgaba el aire y amenazaba hacer lo mismo con la piel.
—Ella no ha visto nada y tú, que puedes hacerlo, no lo haces. La mujer es ciega —repuso Kaím. Se sentó frente a ella, que arrancaba sin prisa unas legumbres de sus vainas—. La luna no ha salido aún, pero la estamos buscando en los ojos d