En los aposentos reales, Eris miraba a Lud dormir en su cuna luego de cambiarle los vendajes. La piel verdosa por los menjunjes de Eladius le daba un aspecto inquietante, pero calmaban su dolor lo suficiente para permitirle descansar.
Sora llegó cargando una bandeja con alimentos para ella.
—Sora, querida. ¿Puedes cuidar de Lud mientras voy al templo? Necesito orar; la diosa Asta nunca ha fallado en iluminar mi entendimiento.
—¿No comerás antes?
Eris negó y salió deprisa.
Envuelta en