El rugido de la cascada que daba a luz al río Irs ocultaba, como un manto, el galopar de los caballos que avanzaban hacia la manada negra, el hogar de Rakum y los suyos.
El aire les llevaba el aroma del trigo en la molienda, del hierro incandescente y de los animales y sus desechos. Furr habría agregado la cifra de hombres y mujeres que hacían sus vidas en aquella aldea y habría acertado. Desz miraba hacia atrás, hacia el bosque; así había sido siempre: él avanzaba hacia el frente, pero siempr