Balardia, palacio real
Sentada en el lecho, Eris sonreía al ver a Lud gateando por todas partes. No solo sus huesos eran más fuertes, también sus músculos, que ya le permitían sostener el peso de su cuerpo y desplazarse.
—Cuando empiece a caminar, nadie podrá detenerlo —decía Sora, sonriendo también.
Que caminara parecía un sueño cada vez más real.
—Ojalá hubiéramos podido traer a Emme; habrían crecido juntos, como hermanos —reflexionaba Rina, el único miembro de su familia que Eris había lo