Sentada con su hija en brazos, Agna miraba por la ventana el delgado camino que serpenteaba desde el bosque que albergaba en su seno a la manada gris. De vez en cuando, los ojos se le cerraban y se despertaba de un respingo, temiendo perderse la llegada de Kaím o que la criatura se le resbalara de los brazos.
Solo ante la insistencia de su fiel sierva, aceptó reposar en el lecho y cayó rendida en un profundo sueño, producto del cansancio y la falta de sangre. La sierva iba a verla con frecuenci