SOFIA
No fui a cenar la noche siguiente.
No porque no tuviera hambre, tenía el estómago vacío y dolorido, sino porque no soportaba la idea de sentarme frente a él en ese silencio opresivo, fingiendo que nada había cambiado. No quería ver la forma deliberada en que cortaba la carne ni cómo sus ojos seguían cada uno de mis movimientos como si fuera un dato en un gráfico. Estaba harta de ser una ecuación que él resolvía en tiempo real.
Clara llamó a la puerta a la hora de siempre. El sonido era rí