SofíaLuca llegó veinte minutos tarde a la panadería después de la escuela. Limpié el mostrador otra vez para calmar mis nervios. Si no lo veía en los próximos diez minutos, tendría que llamar a su escuela. O tal vez a mamá primero.La puerta sonó y Luca entró. Sentí alivio al verlo entrar, pero luego noté sus pasos vacilantes y que no me miraba a los ojos. Me estaba evitando."Luca", lo llamé, pero se negó a mirarme mientras caminaba.Normalmente, tiraba la mochila, robaba algo de la bandeja de pasteles y se quejaba de la tarea. Hoy pasó de largo el mostrador y se dirigió al pasillo que llevaba a las escaleras."Luca", lo llamé de nuevo, pero siguió caminando. "Luca", dije por tercera vez.Esta vez se detuvo, pero no se giró de inmediato. Cuando finalmente lo hizo, su expresión era tensa."¿Qué?"Me quedé sin aliento al ver la llamativa marca roja en su mejilla, y rodeé el mostrador para mirarle bien la cara.—¿Qué pasó?—Nada.—No te salen huellas dactilares de la nada.Tendió la ma
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