Era un día soleado, poco común últimamente; parecía que, de la noche a la mañana, la primavera había decidido mostrar todo su esplendor. Paolo despertó de un sueño reparador, aún abrazado a Cristina.
Si hubiera sido por él, se habría quedado así, durmiendo indefinidamente, sin despertar jamás a las obligaciones. Pero el "hubiera" no existe. Vivir implica someterse a las cadenas de la realidad, y ni siquiera alguien tan rico como él podía escapar de eso.
Después del desayuno, como era su rutina,