Cristina miró el pecho firme que asomaba por la camisa abierta, sintió que sus mejillas se calentaban y volvió a mostrar su molestia.
Paolo le pellizcó la mejilla y la miró con ternura.
— Cámbiate de ropa, te voy a llevar al hospital. De regreso pasaré a recoger al gato.
— ¿En serio? —el ánimo de ella se iluminó—. ¡Yo voy contigo a recogerlo!
— Está bien. Entonces paso por ti al hospital en la noche y de ahí nos desviamos para ir por él.
—¡Todavía no me dices por qué te llevaste a Toto a la clí