Paolo estaba recostado despreocupadamente en un rincón del sofá de su despacho en la mansión, con el cuello de su fina camisa desabotonado. Extendió su mano para tomar una copa de vino tinto, la agitó suavemente y dio un pequeño sorbo.
Ciro, con las manos en los bolsillos, estaba de espaldas a él frente al enorme ventanal. Desde ahí se dominaba la vista de toda aquella montaña misteriosa.
El silencio reinaba, solo roto por el sonido del líquido moviéndose en la copa. De repente, una voz de una