El tiempo se deslizaba como arena en un reloj, grano a grano. En ese fugaz transcurrir, llegó el día que Cristina más había estado esperando. Era la fecha acordada con Marie y la tenía muy presente.
Antes de las siete, Cristina entreabrió los ojos apenas. La luz del sol empezaba a brillar con fuerza al otro lado de la ventana. Paolo sintió el movimiento de su cuerpo y, estirando el brazo para rodearle la cintura, habló con voz ronca:
—¿Para qué te levantas tan temprano?
—¡Tengo cosas que hacer!