¡Despierta de una buena vez! ¡Abre bien los ojos! ¡El que te está haciendo el amor soy yo, soy yo!
—¡Suéltame!
Susan fulminaba con la mirada al hombre que tenía enfrente.
Él permanecía allí de pie, vestido con un traje negro entallado. Su figura alta y robusta bloqueaba casi toda la luz, creando un juego de sombras intermitentes sobre su cuerpo. El puente de su nariz era recto y firme, como esculpido en piedra, y sus labios formaban una mueca cínica y desafiante, típica de un rufián. Sus ojos e