¡Despierta de una buena vez! ¡Abre bien los ojos! ¡El que te está haciendo el amor soy yo, soy yo!
—¡Suéltame!
Susan fulminaba con la mirada al hombre que tenía enfrente.
Él permanecía allí de pie, vestido con un traje negro entallado. Su figura alta y robusta bloqueaba casi toda la luz, creando un juego de sombras intermitentes sobre su cuerpo. El puente de su nariz era recto y firme, como esculpido en piedra, y sus labios formaban una mueca cínica y desafiante, típica de un rufián. Sus ojos eran profundos, increíblemente profundos. Al mirarlos, Susan sintió que se hundía en un océano nocturno; una inquietud la invadió, una sensación de no saber qué hacer, tal como había ocurrido durante esos innumerables y apasionados encuentros de años atrás...
La mano que le apretaba la barbilla se aflojó. Él sonrió burlonamente, aunque en el fondo de su mirada había desolación.
—¿Tanto quieres que te suelte?
—¡Sí!
Susan bajó la vista en silencio.
—¿No me echaste ya hace cinco años? Estarás conten