El ritmo de la ciudad era frenético, especialmente para aquellos atrapados entre paredes de concreto; un poco de trabajo extra y el tiempo se escapaba sin darse cuenta. En un abrir y cerrar de ojos, las luces de la ciudad se encendieron, brillantes y deslumbrantes, y el deseo de ir a casa se volvió inquietante.
Hacía tres años que Paolo no sentía esa urgencia, pero hoy estaba desesperado por regresar. Se estiró, cerró las carpetas apiladas como montañas y recordó la llamada de Cristina al medio