Paolo retiró el brazo con fastidio. Había bajado la guardia y no esperaba que la señora lo tocara. Como le había puesto su saco a Cristina, solo llevaba una camisa blanca de manga corta, por lo que las marcas en su piel bronceada eran muy visibles.
—Joven, ya sé que a la gente buena no le gusta presumir, pero no seas tímido. Esta abuela ya está vieja, pero todavía reconozco a mis pacientes. Yo misma te saqué esa sangre, reconozco los piquetes en cuanto los veo. No lo niegues, a mí no me engañas