Paolo retiró el brazo con fastidio. Había bajado la guardia y no esperaba que la señora lo tocara. Como le había puesto su saco a Cristina, solo llevaba una camisa blanca de manga corta, por lo que las marcas en su piel bronceada eran muy visibles.
—Joven, ya sé que a la gente buena no le gusta presumir, pero no seas tímido. Esta abuela ya está vieja, pero todavía reconozco a mis pacientes. Yo misma te saqué esa sangre, reconozco los piquetes en cuanto los veo. No lo niegues, a mí no me engañas, he sacado más sangre que la sopa que te has comido en tu vida...
La boca arrugada de la enfermera no paraba de moverse; una vez que empezó a hablar, parecía que no tenía freno.
Paolo incluso sintió que algunas gotas de saliva le salpicaban la cara. Como detestaba la cercanía excesiva con desconocidos, se levantó para alejarse.
En cuanto se puso de pie, la mano de la enfermera atrapó la suya. Su actitud era sincera y tenía una sonrisa enorme, así que Paolo, viendo su edad, no supo cómo reaccion