El tiempo pasó volando.
Llegó la hora de la comida. Cristina ni se acordó de comer ella misma, pero empezó a preocuparse por la alimentación de la chica en recuperación.
Tenía una herida en la garganta y no podía tragar sólidos, solo dieta líquida y en pocas cantidades.
Al ver la cara pálida y delgada de la joven, Cristina se angustió.
Le preguntó a una enfermera dónde estaba la cafetería y fue a comprar un consomé de pollo y una crema de camarón, pensando en alternarlos para que la chica no se aburriera del sabor.
De vuelta en la habitación, el olor de la comida despertó el apetito de la joven, que llevaba días sin comer bien.
Debido a la herida, comía muy despacio y le costaba mucho tragar.
Cristina le daba la sopa cucharada a cucharada, feliz de verla comer con gusto.
—¿Está rico? —preguntó Cristina en voz baja.
La chica no podía hablar bien, así que asintió con fuerza.
—Mañana te traeré algo más rico.
La joven sonrió, mostrando dos ligeros hoyuelos en las mejillas.
—Tienes que rec