Dudó un momento, se inclinó despacio y levantó una caja cuadrada. Al levantar la tapa, vio que el enorme contenedor estaba casi vacío, a excepción de un álbum fotográfico de aspecto elegante.
—¿Qué es esto?
—Ábrelo.
Seguía conduciendo sin apartar la mirada del camino.
Cristina abrió el álbum con dedos temblorosos. Lo primero que vio fue un gato. A pesar de que el sobrepeso lo hacía lucir muy distinto, reconoció que era el mismo gatito amarillo que había rescatado en la montaña años atrás.
Pasó las páginas una por una: el gato comiendo, el gato durmiendo en su cama, el gato panza arriba en el sofá de la habitación de Paolo, el gato con los ojos brillantes... Las fotos que Paolo había tomado de Toto durante esos tres años desfilaron ante sus ojos. Sus manos comenzaron a temblar y su visión se nubló con lágrimas.
Giró la cabeza para echarle un vistazo rápido y sonrió.
—Muchachita, ¿te conmoviste? Mírate, tienes los ojos llorosos.
Se limpió rápidamente las lágrimas que amenazaban con caer