Cristina siempre le había tenido pánico a los gritos de Paolo, y esta vez no era la excepción. Apenas sus miradas se cruzaron, la furia en los ojos de él la obligó a bajar la cabeza, avergonzada. Su voz fue apenas podía escucharse.
—Joven, lo siento... Yo... yo...
Paolo entrecerró los ojos. Bajo la luz, su atractivo rostro parecía aún más cautivador. Sintió la sangre subirle a la cabeza y respiró hondo para calmarse, aunque su tono seguía siendo áspero.
—¿Cuándo llamó Angelo?
Ella levantó la vi