Un año después.
Valeria caminaba descalza por la arena húmeda mientras el sol comenzaba a ponerse. El viento del mar le movía el cabello y el vestido blanco que llevaba. Llevaba el collar de diamantes que Alejandro le había regalado, pero ya no lo usaba como recuerdo de dolor, sino como símbolo de todo lo que habían vivido.
La casa frente al mar ya no se sentía vacía. Se sentía como un hogar.
Había convertido una de las habitaciones en su estudio de música. Daba clases de piano a niños del pueb