Habían pasado exactamente tres años, dos meses y diecisiete días desde que Alejandro murió.
Valeria estaba en la cocina de la casa frente al mar, cortando verduras para la cena. Mateo llegaría en cualquier momento de su trabajo en el taller de restauración. Luca, su hijo de dos años, jugaba sentado en el suelo con unos cubos de madera.
Todo parecía perfecto.
Pero nada lo era.
Desde hacía varias semanas, Valeria sentía una inquietud que no podía explicar. Algo dentro de ella se removía cada vez