Los días se fundían en una niebla gris de rutina y humillación.
Valeria ya había perdido la cuenta de cuántas noches había dormido al lado de Damián. Cada mañana era igual: se levantaba antes que él, se duchaba, se ponía la ropa que él elegía y bajaba a desayunar. Cada noche, después de cenar, tenía que contarle un nuevo detalle de su pasado con Alejandro. Damián lo llamaba “terapia”. Ella lo llamaba tortura.
Esa mañana, mientras desayunaban, Damián estaba particularmente hablador.
—Hoy quiero