Los días siguientes se convirtieron en una rutina infernal que Valeria aprendió a soportar con una frialdad que la sorprendía incluso a ella misma.
Cada mañana se levantaba a las 6:50, se duchaba, se ponía la ropa que Damián había elegido la noche anterior y bajaba al comedor a las 8:00 en punto. Desayunaba en silencio mientras él leía el periódico o revisaba su teléfono. A veces le hacía preguntas casuales sobre su vida con Mateo, sobre Luca, sobre cómo se sentía siendo madre. Otras veces simp