Los días siguientes a la muerte de Alejandro se convirtieron en una rutina borrosa de dolor y supervivencia.
Valeria se levantaba al amanecer, caminaba por la playa hasta que las piernas le dolían, regresaba a la casa, tocaba el piano durante horas y luego se sentaba frente al mar con la caja de madera que la señora Rosa le había entregado. Cada noche abría el pendrive y veía un video diferente de Alejandro.
En uno de ellos, él aparecía más delgado, con ojeras profundas, pero su voz seguía sien