Valeria no durmió esa noche. Se quedó sentada en el suelo de la cueva, con la espalda contra la piedra fría y Luca dormido sobre su regazo. Cada respiración del niño era un recordatorio de por qué seguía luchando. Mateo vigilaba la entrada con el arma en la mano, el cuerpo tenso como un resorte.
Los hombres de Damián habían pasado de largo hacía tres horas, pero ninguno de los tres se atrevía a moverse todavía. El bosque estaba en silencio, demasiado silencio.
—Tenemos que llegar al puerto ante