Tres años después, la vida en la casa blanca frente al mar se había convertido en una rutina hermosa y tranquila que Valeria nunca se cansó de agradecer.
Era un sábado por la mañana de primavera. El olor a café recién hecho llenaba la cocina mientras Valeria preparaba el desayuno. Tenía el cabello recogido en un moño desordenado y llevaba una camiseta vieja de Mateo que le llegaba a mitad del muslo. Su barriga de seis meses se notaba claramente bajo la tela.
Mateo entró por la puerta trasera, s