El día que Elena llegó al mundo fue un día de tormenta.
Las olas golpeaban con fuerza contra las rocas mientras Valeria gritaba de dolor en la habitación principal de la casa. El parto se había adelantado dos semanas. Mateo estaba a su lado, sosteniéndole la mano, con el rostro pálido pero firme.
—Respira, mi amor. Ya falta poco —le repetía una y otra vez, secándole el sudor de la frente.
La comadrona del pueblo, una mujer experimentada de sesenta años, dirigía todo con calma.
—Una más, Valeria