Mateo estaba parado en la entrada del estudio, con los brazos cruzados y una expresión que Valeria nunca había visto en él. Sus ojos, normalmente cálidos y tranquilos, ahora parecían oscuros y llenos de dolor.
—¿Qué dijiste? —preguntó con voz baja, casi un susurro.
Valeria tragó saliva. Las lágrimas seguían corriendo por sus mejillas. Ya no había vuelta atrás.
—Dije que yo maté a Alejandro —repitió, con la voz rota—. No murió por el cáncer como todo el mundo cree. Yo le inyecté una sustancia pa