Valeria pasó toda la noche caminando de un lado a otro en la terraza, con el teléfono apretado contra el pecho. Cada vez que cerraba los ojos veía la foto: ella inclinada sobre Alejandro, jeringa en mano, mientras él la miraba con esa paz enfermiza.
A las seis de la mañana, Mateo se levantó y la encontró aún despierta.
—Valeria, esto ya no es normal —dijo preocupado, tomándola por los hombros—. Tienes que contarme qué está pasando. No me digas que son solo pesadillas.
Ella lo miró. Por un segun