Tres días después del funeral, Valeria estaba de pie frente a una casa blanca de dos pisos situada justo frente al mar.
La llave dorada que Alejandro le había dejado temblaba en su mano. El viento salado le movía el cabello mientras miraba la propiedad que ahora era legalmente suya.
La señora Rosa la había acompañado hasta allí. Se quedó unos pasos atrás, respetando su dolor.
—Él la compró hace dos meses —dijo la mujer con voz suave—. Dijo que quería que tuvieras un lugar donde nadie pudiera co