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La lluvia caía con fuerza sobre la ciudad cuando Valeria entró al imponente edificio de cristal. Su corazón latía descontrolado. Habían pasado cinco años, pero el miedo seguía intacto.
Llevaba un sobre en las manos. Dentro estaban los documentos que su jefe le había pedido entregar personalmente. Nunca imaginó que la empresa para la que trabajaba ahora pertenecía a él. Alejandro Montenegro. El hombre del que huyó. El hombre que destruyó su vida. Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el último piso, Valeria sintió que el tiempo se detenía. Allí estaba él, de pie frente al enorme ventanal, con las manos en los bolsillos de su traje negro. Más grande, más intimidante y más peligroso de lo que recordaba. Él se giró lentamente. Durante varios segundos ninguno de los dos habló. Solo se miraron. El aire entre ellos se volvió pesado, cargado de todo lo que habían dejado pendiente. —Valeria… —La voz de Alejandro salió baja, casi como un gruñido—. Después de tanto tiempo… al fin regresas a mí. Valeria dio un paso atrás, pero la puerta del ascensor ya se había cerrado. —No vine por ti —dijo ella, intentando que su voz no temblara—. Solo vine a entregar estos documentos. Alejandro comenzó a caminar hacia ella con pasos lentos y calculados. Cada paso que daba parecía reducir el oxígeno en la habitación. —¿De verdad creíste que podías volver a aparecer en mi ciudad y que yo no me enteraría? —preguntó con una sonrisa peligrosa—. Llevo cinco años buscándote, Valeria. Cinco años esperando este momento. Valeria apretó el sobre contra su pecho como si fuera un escudo. —Déjame ir, Alejandro. Por favor. Él se detuvo justo frente a ella. Era mucho más alto. Su presencia era abrumadora. —Cometiste dos errores graves —susurró, inclinándose hacia ella—. El primero fue huir de mí. El segundo… fue volver. Antes de que Valeria pudiera reaccionar, Alejandro le quitó el sobre de las manos y lo dejó caer al suelo. Con un movimiento rápido, la tomó de la cintura y la atrajo contra su cuerpo. —Bienvenida a casa, mi prisionera.Valeria sintió que el mundo se derrumbaba bajo sus pies. El calor del cuerpo de Alejandro traspasaba su ropa mojada, y su olor —esa mezcla de madera, colonia cara y peligro— la golpeó con fuerza, despertando recuerdos que había luchado cinco años por enterrar. —Suéltame —logró decir, aunque su voz salió débil. Alejandro soltó una risa baja, oscura, que vibró contra su pecho. —¿Soltarte? —repitió, como si la palabra le resultara divertida—. ¿Después de que desapareciste sin dejar rastro? ¿Después de que me volviste loco buscándote por medio mundo? Su mano grande subió lentamente por la espalda de ella hasta enredarse en su cabello mojado. Tiró con suavidad pero con firmeza, obligándola a levantar la cara y mirarlo. Los ojos de Alejandro eran los mismos de siempre: negros, intensos y posesivos. Pero ahora había algo más. Algo mucho más oscuro. —Cinco años, Valeria. Cinco malditos años sin saber si estabas viva o muerta. ¿Tienes idea de lo que eso le hace a un hombre como yo? Valeria intentó empujarlo, pero era como intentar mover una pared de concreto. —Yo no te debo nada —respondió ella, reuniendo todo el valor que le quedaba—. Tú fuiste el que me engañó. Tú fuiste el que me destruyó. La expresión de Alejandro cambió. Por un segundo, algo parecido a la sorpresa cruzó su rostro. —¿De qué demonios estás hablando? —No te hagas el inocente —espetó ella—. Vi las fotos, Alejandro. Te vi con esa mujer en tu oficina. La misma noche que me dijiste que me amabas. El silencio que siguió fue tan denso que Valeria pudo escuchar su propio corazón latiendo con violencia. Alejandro la miró fijamente durante varios segundos. Luego, lentamente, la soltó y dio un paso atrás. Se pasó una mano por el rostro, visiblemente afectado por primera vez. —Así que eso fue lo que pasó… —murmuró, más para sí mismo que para ella. Valeria aprovechó el momento para alejarse unos pasos, respirando con dificultad. —Déjame ir. Ya entregué los documentos. No tienes por qué volver a verme nunca más. Alejandro levantó la mirada hacia ella. La sorpresa había desaparecido. Ahora solo quedaba una determinación fría y aterradora. —Te equivocas —dijo con calma mortal—. No solo voy a volver a verte… vas a quedarte conmigo. Valeria sintió un escalofrío recorriéndole todo el cuerpo. —¿Qué dijiste? Alejandro caminó hacia el escritorio y presionó un botón. Segundos después, dos hombres de traje entraron al despacho. —Escorten a la señorita Ferrara hasta mi residencia privada. Asegúrense de que no se escape. Valeria abrió los ojos con horror. —¡No puedes hacer esto! ¡Esto es secuestro! Alejandro se acercó de nuevo a ella, tan cerca que sus rostros casi se tocaban. Cuando habló, su voz fue un susurro peligroso: —Secuestro es cuando te llevo en contra de tu voluntad. Pero tú, mi amor… tú me perteneces desde hace mucho tiempo. Solo estoy reclamando lo que es mío. Hizo una señal con la cabeza y los dos hombres la sujetaron de los brazos con firmeza. Mientras la sacaban del despacho, Valeria giró la cabeza por última vez para mirar a Alejandro. —Te odio —le escupió con todo el veneno que pudo reunir. Alejandro sonrió con una mezcla de satisfacción y oscuridad. —Bien. El odio es un excelente punto de partida. Porque cuando ese odio se convierta en otra cosa… vas a estar exactamente donde siempre debiste estar. Las puertas del ascensor se cerraron frente a ella. Valeria estaba atrapada. Y esta vez, sabía que no sería tan fácil escapar. Las puertas del ascensor se abrieron directamente al estacionamiento subterráneo del edificio. Los dos hombres de seguridad no la soltaron ni un segundo. Valeria forcejeaba, pero era inútil. Eran demasiado fuertes. —¡Suéltenme! ¡Esto es ilegal! —gritaba, aunque sabía que nadie la ayudaría. Un Mercedes negro blindado los esperaba con las luces encendidas. La puerta trasera estaba abierta. La empujaron dentro sin ninguna delicadeza y cerraron la puerta. Los seguros se activaron automáticamente. Estaba atrapada. Segundos después, Alejandro entró por la otra puerta y se sentó a su lado. El auto comenzó a moverse inmediatamente. Valeria se pegó a la puerta lo más lejos posible de él, respirando agitada. —¿Cuánto tiempo piensas retenerme? —preguntó con voz temblorosa. Alejandro la miró de reojo mientras se aflojaba la corbata. —El tiempo que sea necesario. —¿Y si me niego a quedarme contigo? Él soltó una risa baja, sin humor. —No estás en posición de negarte a nada, Valeria. El silencio que cayó entre ellos fue pesado. Solo se escuchaba el sonido de la lluvia golpeando el techo del auto y el motor ronroneando. Valeria miró por la ventana. Las luces de la ciudad pasaban borrosas. Se sentía como si estuviera viendo su antigua vida alejarse para siempre. —¿Por qué yo? —preguntó en voz baja—. Había muchas mujeres que querían estar contigo. Mujeres más hermosas, más sumisas, más… adecuadas para tu mundo. ¿Por qué obsesionarte conmigo? Alejandro giró la cabeza lentamente hacia ella. Sus ojos negros la atravesaron. —Porque desde el primer momento que te vi, supe que eras diferente. No te impresionaba mi dinero. No te intimidaba mi poder. Me mirabas como si yo fuera un hombre normal… y eso me volvió loco. Hizo una pausa y continuó: —Eres la única mujer que se atrevió a abandonarme. La única que logró desaparecer durante cinco años. Eso no es algo que pueda olvidar fácilmente. Valeria apretó los puños sobre su regazo. —Solo quería una vida normal. Lejos de tu mundo oscuro, de tus enemigos, de tu forma de amar que parece más una cárcel. Alejandro se inclinó hacia ella. Su presencia llenaba todo el espacio del auto. —Mi amor no es una cárcel, Valeria. Es una fortaleza. Una vez que entiendas eso, dejarás de luchar. El auto subió por una rampa privada y se detuvo frente a un lujoso edificio. Valeria reconoció inmediatamente el lugar. Era uno de los edificios más exclusivos y seguros de la ciudad. Cuando bajaron del auto, Alejandro la tomó del brazo con firmeza y la guió hacia el ascensor privado. No había botones. Solo un panel con huella dactilar. Él puso su dedo y las puertas se abrieron. Subieron en completo silencio. Cuando las puertas se abrieron de nuevo, Valeria se quedó sin aliento. Estaban directamente dentro de un enorme penthouse de dos pisos. Ventanales del piso al techo que daban a toda la ciudad, decoración minimalista pero lujosa, y un silencio que se sentía casi opresivo. Alejandro se quitó el saco del traje y lo dejó sobre un sofá. —Bienvenida a tu nuevo hogar —dijo, observándola con atención—. No intentes escapar. El ascensor solo funciona con mi huella o mi código. Las ventanas no se abren. Hay seguridad armada en todo el edificio. Valeria sintió que las lágrimas empezaban a quemarle los ojos, pero se negó a dejarlas caer. —Eres un monstruo —susurró. Alejandro se acercó lentamente hasta quedar frente a ella. Levantó una mano y le acarició la mejilla con el pulgar. —Tal vez lo sea —respondió con voz suave—. Pero este monstruo te ha estado esperando durante cinco años. Y ahora que por fin te tengo… no pienso dejarte ir nunca más. Se inclinó hasta que sus labios casi rozaron los de ella y susurró: —Prepárate, Valeria. Porque esta vez… vas a aprender a amarme. Aunque tenga que romperte para lograrlo.






