La jaula dorada

Valeria dio un paso atrás, alejándose de él lo máximo que el espacio le permitía. Su espalda chocó contra un elegante sofá de cuero negro. El corazón le latía tan fuerte que temía que él pudiera escucharlo.

—No voy a quedarme aquí —dijo con voz temblorosa pero firme—. No puedes retenerme en contra de mi voluntad. Hay leyes.

Alejandro se quitó los gemelos de la camisa con calma, sin prisa, como si estuvieran teniendo una conversación trivial sobre el clima. Cada movimiento suyo destilaba poder y control.

—Leyes —repitió con una sonrisa peligrosa—. Las leyes se escriben para la gente común, Valeria. No para mí.

Se acercó de nuevo a ella, acortando la distancia que Valeria había intentado poner. Su altura era intimidante, su presencia abrumadora.

—Has cambiado —observó, recorriéndola con la mirada—. Estás más delgada. Tienes ojeras. ¿Cuánto tiempo llevas huyendo de mí exactamente?

Valeria levantó el mentón, intentando mantener algo de dignidad.

—Cinco años, dos meses y diecisiete días. Y no huía de ti. Huía de lo que representabas.

Alejandro arqueó una ceja, claramente interesado.

—¿Y qué represento yo para ti?

—Control. Obsesión. Una jaula disfrazada de amor.

El silencio que siguió fue tan denso que Valeria pudo sentir la tensión en el aire. Alejandro la observaba como un lobo observa a su presa, analizando cada pequeño gesto, cada respiración.

De repente, dio media vuelta y caminó hacia una mesa cercana. Sirvió dos vasos de whisky y le ofreció uno. Valeria lo rechazó con la cabeza.

—Bebe —ordenó él—. Te ayudará a calmar los nervios.

—No quiero nada de ti.

Alejandro suspiró, dejó el vaso y se sentó en el sofá frente a ella, cruzando una pierna con elegancia.

—Vamos a establecer algunas reglas básicas desde ahora, para que no haya malentendidos entre nosotros.

Valeria sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.

—Regla número uno —continuó él—. No intentarás escapar. Cada vez que lo hagas, habrá consecuencias. Y créeme, no te van a gustar.

—Regla número dos. No me mentirás. Nunca. Si descubro que me ocultas algo, la confianza que estoy dispuesto a darte desaparecerá.

—Regla número tres —sus ojos se oscurecieron—. Tu cuerpo es mío. Cuando quiera tocarte, te tocaré. Cuando quiera tenerte, te tendré. Sin discusiones.

Valeria sintió que la sangre le hervía.

—Prefiero morir antes que dejar que me toques.

Alejandro sonrió con auténtica diversión por primera vez.

—Qué boca tan peligrosa tienes. Eso también tendrá que cambiar.

Se levantó del sofá y caminó hacia ella de nuevo. Valeria intentó retroceder, pero ya no tenía espacio. Su espalda chocó contra el ventanal frío.

Alejandro colocó una mano a cada lado de su cabeza, atrapándola entre sus brazos. Bajó la cabeza hasta que sus labios quedaron a centímetros de los de ella.

—Te di todo, Valeria. Todo lo que una mujer podía desear. Y aun así elegiste huir. Elegiste creerte las mentiras de otros en vez de confiar en mí.

Valeria sintió cómo las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos, pero se negó a dejarlas caer.

—Vi las fotos, Alejandro. Te vi con ella.

—Fotos manipuladas —respondió él con voz dura—. Fotos que alguien preparó cuidadosamente para separarnos. Y tú caíste como una idiota.

Valeria cerró los ojos, sintiendo cómo todo su mundo se desmoronaba una vez más.

—¿Quién? —preguntó en un susurro—. ¿Quién haría algo así?

Alejandro se inclinó aún más, hasta que sus labios rozaron su oreja.

—Eso es algo que descubrirás muy pronto.

Alejandro se inclinó aún más, hasta que sus labios rozaron la oreja de Valeria.

—…solo necesitas entender una cosa —susurró—. Ya no eres libre. Y no lo serás por mucho tiempo.

Valeria giró la cara, intentando alejarse de su aliento caliente, pero él la sujetó de la barbilla con dos dedos, obligándola a mirarlo.

—Suéltame —pidió ella entre dientes.

—No —respondió Alejandro con calma—. No voy a soltarte nunca más.

Sus ojos negros bajaron hasta los labios de Valeria y se quedaron allí varios segundos. La tensión en el aire era asfixiante.

De repente, el teléfono de Alejandro sonó. Él maldijo por lo bajo y se apartó, contestando la llamada con voz fría:

—¿Qué pasa?

Mientras hablaba, Valeria aprovechó el momento para alejarse varios pasos. Miró alrededor desesperadamente, buscando alguna salida. Las ventanas no se abrían. El ascensor parecía necesitar un código o huella. Estaba completamente atrapada.

Alejandro terminó la llamada y la miró.

—Te ves cansada —dijo, cambiando completamente el tono—. Ven, te mostraré tu habitación.

—No quiero dormir en tu habitación —respondió ella rápidamente.

Alejandro soltó una risa suave.

—No te preocupes. Por ahora tendrás tu propia habitación… aunque dudo que la uses mucho tiempo.

La tomó del brazo con firmeza y la guio por un largo pasillo. Abrió una puerta doble y encendió las luces.

La habitación era enorme. Una cama king size con sábanas negras, un vestidor lleno de ropa nueva todavía con las etiquetas, y un baño privado que parecía sacado de una revista de lujo. Todo estaba perfectamente preparado, como si la hubiera estado esperando.

—Esta será tu habitación… por ahora —dijo Alejandro desde la puerta—. La ropa es de tu talla. Todo es nuevo.

Valeria se giró hacia él, incrédula.

—¿Cuánto tiempo llevas planeando esto?

—Desde el mismo día que desapareciste —respondió sin dudar—. Sabía que tarde o temprano volverías a mí.

Valeria sintió un nudo en la garganta.

—Estás enfermo.

—Tal vez —admitió él—. Pero tú eres la única cura que quiero.

Se acercó a ella lentamente. Valeria retrocedió hasta que sus piernas chocaron contra la cama.

—Esta noche te dejaré descansar —dijo Alejandro, deteniéndose a solo un paso de distancia—. Pero mañana empezaremos a hablar en serio. Tenemos mucho que aclarar tú y yo.

Antes de salir, se detuvo en la puerta y la miró por última vez.

—Ah, y Valeria… no intentes nada estúpido. Hay cámaras en todas las habitaciones. Si intentas escapar, lo sabré antes de que des el primer paso.

La puerta se cerró con un clic suave.

Valeria se quedó sola en medio de aquella habitación lujosa que se sentía como una jaula dorada.

Se dejó caer sobre la cama, abrazándose las rodillas contra el pecho. Las lágrimas que había estado conteniendo durante horas finalmente comenzaron a caer.

Cinco años huyendo.

Cinco años intentando olvidar.

Y en un solo día, todo se había derrumbado.

Alejandro Montenegro la había encontrado.

Y esta vez, parecía que no tenía ninguna intención de dejarla ir.

Mientras lloraba en silencio, una sola pregunta daba vueltas en su cabeza sin parar:

¿Cómo iba a sobrevivir a él esta vez?

Valeria se levantó de la cama y caminó hacia la ventana. La ciudad brillaba debajo de ella como si nada hubiera cambiado, pero su vida ya estaba destruida. Tocó el vidrio frío con la palma de la mano y cerró los ojos.

No había escapatoria.

Estaba atrapada en la cima de la ciudad, encerrada por el hombre que más había amado… y más había odiado.

Una sola promesa se repetía en su mente mientras las lágrimas seguían cayendo:

Esta vez no me rendiré.

Voy a salir de aquí.

Aunque sea lo último que haga.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP