Veinticinco años después
La casa blanca ya no era blanca. El tiempo y el salitre del mar la habían teñido de un tono crema suave, lleno de historia. Las enredaderas subían por las paredes y el jardín se había convertido en un pequeño paraíso de flores y árboles frutales que Luca y Elena habían plantado con sus propias manos cuando eran niños.
Valeria tenía sesenta y siete años. Su cabello era completamente plateado y lo llevaba largo, suelto sobre los hombros. Las arrugas en su rostro contaban