Dieciocho años después
La casa blanca ya tenía grietas en las paredes y flores silvestres creciendo entre las piedras del camino. El tiempo había pasado suave pero implacable, como el mar que nunca dejaba de besar la orilla.
Valeria tenía cincuenta y cuatro años. Su cabello era casi completamente plateado, pero lo llevaba con orgullo. Las arrugas alrededor de sus ojos no eran de sufrimiento, sino de tantas sonrisas acumuladas. Estaba sentada en su mecedora favorita de la terraza, con una manta