SIENNA
No he dormido.
O si lo hice, fue a ratos, en lapsos confusos entre sueños difusos y pensamientos que no se callaban. Me despierto con los primeros rayos del sol atravesando los ventanales de la sala, aún acurrucada en el sofá, con el cuello adolorido y la cabeza hecha un desastre. Me incorporo despacio y estiro los brazos.
Massimo no ha llegado. O al menos eso creo.
Una parte de mí sigue preocupada, aunque me cueste admitirlo. Aunque me obligue a pensar que no me importa tanto, que no si