Mi declaración cayó entre nosotros como un muro de hielo. El silencio que siguió fue tan espeso que casi podía palparse.
James se detuvo en seco, haciéndome detenerme a mí también. Nuestras manos seguían entrelazadas, pero ahora su contacto era rígido, como si sujetara algo venenoso. Cuando al fin levanté la vista, la furia en sus ojos se había apagado, sustituida por algo infinitamente peor: un vacío resignado.
—Ya veo —dijo, su voz convertida en un susurro plano, desprovisto de toda emoción—.