Desperté por toques incesantes en la puerta. Me estiré en la enorme cama y bajé descalza a abrir. Margaret me miraba con premura y movía las piernas con intranquilidad.
—Por favor, permítame pasar —me pidió—. Debo alistarla para el almuerzo.
—Adelante —dije.
Ella pasó como un torbellino a la habitación y comenzó a doblar mis sabanas mientras hablaba como un papagayo.
—Su majestad tendrá una visita importante hoy —me dijo sin dejar de trabajar—. Tiene que estar lista para recibirlos.
Asentí entr