Cuando finalmente logré recuperar un poco el aliento, cuando el llanto comenzó a ceder, me acerqué de nuevo a las paredes que estaban cubiertas de recuerdos. Cada foto, cada sonrisa, cada momento compartido se sentía como una daga en el corazón. Mis ojos, ya hinchados y rojos de tanto llorar, se posaron sobre una foto que, al principio, no había notado entre las demás. Estaba al fondo, casi oculta por la multitud de imágenes. La tomé con manos temblorosas.
Era una foto de ella, cuando era niña