Llegamos a una mansión. Mi hermano había venido con un grupo de hombres desde antes, su presencia pesada y solemne, como un presagio de lo que estaba por ocurrir. Apenas crucé el umbral de la mansión, el cuerpo de mi princesa, ya sin vida, colgaba pesadamente en mis brazos. Los hombres que se encontraban allí, de pie y con semblantes graves, hicieron reverencias, inclinando la cabeza ante la tristeza que nos envolvía. Algunos murmuraron las palabras que él había dicho, mientras otros se cubrían