Los ojos de Valeria brillaban con una seducción que parecía enganchar, y soltó una risita burlona:
—Eduardo.
Esa palabra encendió una llama instantánea en la mirada del hombre.
De un movimiento brusco, sujetó la cabeza de Valeria y la atrajo contra su pecho, mientras con la otra mano ciñó por completo su cintura.
Sus labios se posaron sobre los de ella en un beso ardiente que le quitaba el aliento.
Este gesto era algo que Eduardo había anhelado durante siete años.
Cinco minutos después, Valer