Él frunció ligeramente el ceño, con una tensión masculina apenas contenida.
—Puedes mirarme cuanto quieras. Pero afuera hace frío y no llevas mucha ropa. ¿Prefieres seguir mirándome dentro del coche?
Dentro del vehículo, la temperatura era mucho más agradable.
Eduardo no se apresuró a arrancar, sino que giró medio cuerpo hacia ella, como si estuviera dispuesto a que ella lo admirara todo cuanto quisiera.
—Tú… —Valeria se quedó sin palabras.
—Es raro que sientas el deseo de mirarme un rato —dijo