Eduardo, vestido de traje impecable, habló con voz pausada pero firme:
—Es un honor para las empresas de la Capital que el Señor Cruz busque colaboración aquí.
—¡Qué va! —rió Eberto—. ¡Con tanto talento, sería una pena no venir!
Mientras hablaban, la mirada de Valeria se encontró con la de Eduardo.
No la esquivó. Sonrió levemente y asintió en saludo.
No se habían visto desde que él recogió a los niños.
Parecía más delgado.
—¡Señor Herrera, Señorita Herrera! —Eberto se volvió hacia ellos.
Valeri